viernes, 15 de enero de 2016

Aparca como puedas

Son las 23:45 horas, tras un fin de semana de ver a tus seres queridos, y de estudio, en tu pueblo, vuelves a la ciudad. Agradeces que la carretera vaya prácticamente vacía, circulan los coches necesarios como para sentirte a salvo. Durante el trayecto, vas pensando en el mes que te espera, lleno de trabajos y exámenes, una delicia. Es tarde, estás cansado y no ves la hora de llegar a casa, soltar la maleta e irte a dormir. 




Al fin llegas a la ciudad y comienza el momento fatídico: buscar aparcamiento. No hay un sólo aparcamiento en toda la manzana. Te sientes tan afortunado que vuelves a darte otra vuelta, como si no supieras que a la hora que has llegado no se mueve un alma, y menos un coche. De repente el sueño que tenías deja paso a la ira, empiezas a acordarte de todos los difuntos de quien haga falta y hechas echas la culpa del cambio climático a todo aquel que posea un coche y que, por ende, no utiliza el transporte público. Todo esto sin incluirte a ti mismo, claro. 
No quieres ni imaginar qué será de ti a la mañana siguiente, hora punta, para mover tu precioso coche hasta tu lugar de trabajo, aguantando todo el tráfico, y volver a pensar en los familiares de toda la humanidad.




Luego piensas en todo lo que se ha formado en Madrid y en otras muchas ciudades para reducir la contaminación y piensas que tampoco está de más usar el transporte público de vez en cuando. Luego recuerdas que tu ciudad, pese a no estar, para nada, mal comunicada, el metro sólo llega a zonas céntricas, y te entra la risa cuando caes en que te lleva a pueblos del Aljarafe y no a Sevilla Este. Al pensar en el autobús, agradeces la cantidad de líneas existentes pero detestas las pocas combinaciones que te llevan a las afueras de la ciudad, los transbordos, y el horario tan poco regular con el que pasan la mayoría. Luego centras tu atención en el tranvía, pero mejor ni pensar en el trayecto que recorre, como para pensar, a demás, en cada cuánto pasa.Por último miras tu coche y te das una palmadita en la espalda por haber ahorrado para tenerlo. 





Un día, de esos que te levantas austero, decides ser lo más responsable con el planeta que habitas y vas a trabajar dando un paseo. Todo es alegría y motivación hasta que pasas por una zona de aparcamientos reservados exclusivamente para los vecinos residentes. Y, ¡vaya!, casi todos vacíos. Tu semblante se torna malhumorado, maldices las grandes ciudades y te preguntas qué has hecho tú para merecer esto. Inmediatamente llegan a tu cabeza imágenes de tu pueblo, ese del que tanto deseas huir cada vez que vas, ese en el que siempre encuentras aparcamiento, ese en el que la atmósfera es limpia y pura, en el que por no haber, no hay ni semáforos que controlen el tráfico. 
Sigues caminando y te encuentras imágenes como esta última, en la que se ve reflejada la frustración de todos los conductores que, como yo, llegamos a lo ilegal con tal de tener un hueco entre tanto tráfico.

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